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En el estudio disciplinario de la política hay algunas preguntas fundamentales: ¿cuáles son las implicaciones del poder y su ejercicio en el marco de una democracia representativa contemporánea? ¿Quiénes determinan en última instancia el contenido de la agenda pública? ¿Qué significa que el poder constituya un fenómeno tanto relacional como estructural?
Quiero aprovechar este espacio para dar cuenta, desde el punto de vista teórico, de algunas posturas que han ofrecido respuestas a estos cuestionamientos. Mi propósito es ofrecer una panorámica sobre el significado de los conceptos de poder e influencia en el marco de la ciencia política. Para lograr el cometido, repaso aquí algunos enfoques que parten de la teoría de las élites, pasan por el pluralismo y llegan finalmente a perspectivas de corte sociológico-estructuralista.
La élite del poder es un texto publicado por el sociólogo estadounidense C. Wright Mills en 1956. En esta obra, Mills propone que en los Estados Unidos existe una élite gobernante, una minoría poderosa integrada por tres sectores específicos: 1) los altos jefes ejecutivos de las grandes compañías; 2) los miembros del directorio político y 3) los señores de la guerra, i.e., los individuos de mayor jerarquía en el ejército. En conjunto, los miembros de estas esferas conforman un estrato poseedor del poder, la riqueza y la fama que está en la cima de la sociedad capitalista. Las posiciones que cada uno de estos individuos ocupan permiten que sus decisiones sean relevantes dentro del sistema político.
Mills explica que el origen de los miembros de estas élites, si bien no es aristocrático, sí remite a elementos culturales compartidos y a menudo a un pasado común. Pertenecen a las clases altas y son personas cuya ascendencia familiar proviene también de esa raigambre. Poseen altos niveles de instrucción profesional y habitan en zonas urbanas, particularmente en la región del este de los Estados Unidos. Incluso comparten un culto religioso: el protestante. La unidad de la élite del poder está cifrada tanto en elementos psicológicos y sociales como en elementos estructurales-institucionales.
El elemento social consiste en que los miembros de las élites tienen orígenes, educación y estilos de vida similares. Coinciden en espacios de socialización que propician una interrelación continua. El elemento institucional son las jerarquías que permiten el ejercicio de los puestos de mando. Éstas constituyen los medios para que la minoría dominante pueda perpetuarse en el poder. Debido a que estos medios son útiles para mantener el statu quo, devienen ellos mismos fines para las élites gobernantes. Al fin y al cabo, es a través de las instituciones como “puede el poder ser más o menos duradero e importante” (Mills, 1957, p. 26), por lo que el mantenimiento de las jerarquías resulta fundamental.
Aunque el análisis de C. Wright Mills mantiene un tono preponderantemente ensayístico —pues no cuenta todavía con el respaldo metodológico tan robusto que sí tendrían, por ejemplo, las posturas pluralistas de la década siguiente—, abona un elemento insustituible para el estudio del poder. Esto es que el poder adquiere perdurabilidad y efectividad gracias a las instituciones, aunque no únicamente a través de ellas. Así mismo, expone la presencia de grupos con mayores capacidades de incidencia que otros, incluso para afectar el curso de la historia.
La postura de Mills fue blanco de las teorías pluralistas que aseguraban que el ejercicio del poder y la influencia no dependían del comportamiento de minorías poderosas. Para el pluralismo, el poder y la influencia eran resultado de la interacción de diferentes individuos y grupos con diversos intereses. En el siguiente apartado repaso cómo fue desarrollada esta crítica.
En 1961 fue publicado el texto Who Governs? Democracy and Power in an American City, del politólogo estadounidense Robert Dahl. En esta obra, Dahl realiza un análisis sobre el ejercicio del poder y los patrones de influencia presentes en la ciudad de New Haven, Connecticut. En ella plantea una serie de cuestionamientos a la teoría elitista del poder: ¿es cierto que un solo grupo de individuos toma las decisiones que afectan a la mayor parte de la población? ¿O es más bien una pluralidad de líderes y sublíderes que, al establecer negociaciones, determinan la orientación de las políticas públicas?
Dahl, como uno de los fundadores del pluralismo, no reconoce que la teoría de las elites sea la más adecuada para comprender el funcionamiento del poder en los Estados Unidos. Al contrario, defiende una concepción del poder donde diferentes individuos y grupos, en distinta medida, inciden en la toma de decisiones sobre los asuntos públicos. No obstante, el autor cuestiona cómo es qué un sistema democrático puede ser funcional ante la distribución inequitativa de los recursos. Específicamente porque los ciudadanos tienen una capacidad diferenciada y desigual para influir en las decisiones de sus gobiernos.
Para explicarlo, expone, en primer lugar, la existencia de una subcultura a la que llama el estrato político. Dicho estrato está conformado por individuos altamente involucrados en la discusión política, quienes ejercen un alto grado de influencia en los procesos de toma de decisiones. Es en el núcleo del estrato político donde surgen muchas de las problemáticas que terminaran por ser debatidas en la esfera pública. Los intereses de la política partidista y los asuntos discutidos al interior del estrato político ejercen influencia mutua de manera constante.
En segundo lugar, el autor propone que, en toda asociación política estable, existe un grupo minoritario de individuos con mayor capacidad de influir directamente en la toma de decisiones, a quienes denomina líderes. Las motivaciones de estos líderes, sostiene, pueden ser de lo más diversas, aunque comparten el ímpetu de implementar planes de acción para el cumplimiento de sus objetivos. Dichos planes no podrían llevarse a cabo sin el apoyo de sublíderes, que son individuos que desempeñan diferentes tareas operativas a cambio de un estipendio que puede no ser solamente económico, sino también social en la forma de prestigio, estatus y sentido de pertenencia.
La posición y capacidad de acción de los líderes depende no sólo de las actividades auxiliares que desempeñan los sublíderes, sino del apoyo que reciben de su base política, i.e., los electores. Para mantener el apoyo de su electorado, los líderes deben establecer compromisos sobre el tipo de decisiones que tomarán bajo ciertas condiciones específicas. Estos compromisos toman el nombre de políticas. Para el autor, hay ciertos compromisos encubiertos que los líderes establecen con los sublíderes (covert policies) los cuales, ocasionalmente, entran en conflicto con los compromisos que tienen los líderes respecto a su electorado (overt policies). De ello resulta necesario que los líderes sopesen continuamente los intereses en juego con miras a obtener mayores ventajas en términos electorales.
Uno de los elementos destacables en la propuesta teórica de Dahl es el robustecimiento metodológico a través del uso de datos y otros recursos para explicar los patrones de influencia. La entrevista, el análisis documental —de registros oficiales, periódicos, libros y otros textos—, la creación de índices y la realización de encuestas son las herramientas predilectas del autor. Él las emplea para reconocer quién desempeña roles centrales en la toma de decisiones, las semejanzas entre grupos de líderes y sublíderes, y para explicar los cambios en los patrones del voto de la base política en New Haven.
El análisis de Dahl está centrado sobre todo en el comportamiento observable de los grupos e individuos. Por esta razón, no atiende con profundidad las manifestaciones subrepticias del poder y la influencia. En el siguiente apartado, introduzco las críticas que a este respecto elaboró el sociólogo Steven Lukes.
En 1974 fue publicado el texto Power: A Radical View, escrito por el sociólogo británico Steven Lukes. En esta obra, Lukes analiza críticamente dos posturas de la ciencia política norteamericana. Por un lado, la propuesta teórica de Dahl vertida en Who Governs? Por otro lado, los argumentos de Peter Bachrach y Morton Baratz contenidos en el texto de 1962 “The Two Faces of Power”. El análisis de Lukes tiene como propósito construir una nueva conceptualización del poder y comprender cuáles son las implicaciones de su ejercicio más allá del comportamiento observable y la disputa de los intereses.
Para comenzar, el autor denomina a la postura de Dahl como una de carácter unidimensional, por estar ella centrada en el estudio del comportamiento observable, contenido en las preferencias expresadas en las decisiones de política pública. Luego, expone que el enfoque de Bachrach y Baratz considera no solamente la toma de decisiones, sino también las preferencias que quedan parcial o enteramente excluidas de la arena política a partir de la movilización de intereses. Es decir, a partir de la supresión de las preferencias que contienden con los valores de quienes toman las decisiones. Lukes denomina a esta segunda postura como una de tipo bidimensional.
La postura del autor, a la que denomina tridimensional, considera, además de la forma en las decisiones en la arena política son o no tomadas, que el poder es ejercido —y puede estudiarse— a partir del comportamiento no observable. Es decir, a través de mecanismos distintos al proceso de toma de decisiones en sí, por ejemplo, en las prácticas institucionales no evidentes. La exclusión de ciertos intereses por parte de quienes controlan la agenda política da lugar a lo que el autor denomina conflicto latente.
En relación con los intereses, Lukes agrupa estas tres posturas en liberal, reformista y radical, respectivamente. La postura liberal asocia los intereses de las personas con las preferencias de política reconocibles a través de la participación política. La postura reformista considera que no todos los intereses tienen el mismo peso dentro del sistema político y, por lo tanto, a menudo éstos son expresados de manera indirecta. El enfoque radical admite que las preferencias de las personas a menudo están condicionadas por el propio sistema político, el cual acaba por seleccionar qué intereses son los que prevalecen. Por ello, el enfoque radical busca reconocer otros intereses que habrían podido manifestarse si las personas hubiesen tenido la posibilidad de incidir.
Con base en esta concepción, Lukes reconstituye la definición relacional del poder ofrecida por Dahl: A ejerce poder sobre B cuando A afecta a B de manera contraria a los intereses de B, y agrega: sin que ello implique soslayar que el poder tiene un carácter estructural, el cual está reflejado en las prácticas institucionales. Lukes sostiene que la parcialidad manifestada en el sistema político no está sustentada sólo en los actos individuales, sino en el comportamiento culturalmente determinado de los grupos y las prácticas institucionales que pueden manifestarse a través de la inacción individual. La postura Lukes está estrechamente vinculada con las implicaciones estructurales de las relaciones de poder, y está circunscrita por elementos de una mayor tesitura sociológica.
El análisis de Lukes sobre el comportamiento no observable, la supresión de intereses antagónicos por parte de quienes ejercen el poder y la persistencia del conflicto latente fue un punto de partida para estudios posteriores interesados en analizar las repercusiones del poder en los intersticios de la estructura. Como ejemplo, resalta el trabajo de Iris Marion Young, quien da cuenta de que el poder puede manifestarse de manera encubierta en las prácticas cotidianas de una sociedad liberal. En el siguiente apartado expongo la postura de esta autora a propósito de su análisis sobre la opresión como un fenómeno estructural vinculado con el ejercicio del poder.
En Justice and the Politics of Difference, publicado en 1990, Iris M. Young define el término opresión como un concepto estructural que —en las sociedades contemporáneas liberales y democráticas— refiere a las prácticas cotidianas y constricciones sistémicas que ejercen ciertos grupos sobre otros. El enfoque de esta autora invita a observar el funcionamiento de las estructuras sociales, más allá de los resultados electorales. La concepción estructural de la opresión implica distinguir, desde la categoría de grupos sociales, entre grupos oprimidos y grupos opresores, donde los segundos ocupan respecto a los primeros una posición de privilegio.
Young señala que, más allá de los atributos de sus miembros, lo que permite identificar a un grupo es un cierto estatus social, una historia compartida y un sentido de identidad. Si bien las diferencias entre grupos son ineludibles, en términos de política las prácticas institucionales deberían respetar dichas diferencias. La autora propone cinco condiciones a las que un grupo puede estar sujeto y que determinan si constituye o no un grupo oprimido: 1) explotación; 2) marginalización; 3) desapoderamiento; 4) imperialismo cultural y 5) violencia.
De acuerdo con Young, la explotación como forma de opresión ocurre cuando un grupo social transfiere el producto de su trabajo en beneficio de otro grupo, definición que retoma la teoría marxista del valor-trabajo. Adicionalmente, aporta algunos supuestos que no son contemplados por dicha teoría. Por ejemplo, alude a estudios feministas que exponen la transferencia de energía que realizan las mujeres en beneficio de los hombres mediante las labores de cuidado. Otro ejemplo son los grupos a los que llama racializados, los cuales enfrentan a menudo la existencia de mercados segmentados que reservan los trabajos especializados, bien remunerados, a personas blancas.
La marginalización excluye a ciertas personas del sistema de trabajo: personas ancianas, desempleados, personas jóvenes, en especial las racializadas, madres solteras, personas con discapacidad y miembros de comunidades originarias. Puntualiza la autora en que la sola introducción de formas de asistencia social como mecanismo remedial no resuelve el problema de la exclusión, debido a que las personas no pueden ejercer sus derechos y libertades de la misma forma que el resto. El hecho de que una persona sea dependiente no comporta en sí una práctica opresiva y no debiera privar de la capacidad de elegir y ser respetado. No obstante, sí puede ocasionar que las personas sean sujetas a tratos arbitrarios por parte de quienes son responsables de su cuidado e incluso por las instituciones burocráticas encargadas de proveer las medidas de compensación.
El desapoderamiento implica que la dominación en la sociedad moderna tiene lugar a través de la dispersión de poder —el poder mediado— que ejercen algunas personas sobre otras, aunque aquellas no puedan, en principio, tomar decisiones de política en un sentido público. Los desapoderados son las personas que reciben órdenes y rara vez pueden darlas. No tienen autonomía de trabajo, ni experticia técnica. Carecen del sentido de individualidad que si poseen las personas profesionalizadas. Esto les impide acceder al desarrollo progresivo de sus capacidades y a vías de reconocimiento social. Los grupos desapoderados carecen del privilegio de respetabilidad del que gozan los grupos de personas profesionalizadas.
En relación con el imperialismo cultural, éste conlleva la universalización de la experiencia vital y la cultura de un grupo dominante. Esta forma de opresión normaliza las expresiones culturales del grupo dominante y produce la representación estereotípica de manifestaciones culturales que divergen de la norma. El gesto opresivo de esta condición está cifrado en que la experiencia e interpretación de la vida social del grupo oprimido tiene una manifestación exigua frente a aquellas del grupo opresor. En ese sentido, puede decirse que la concepción de justicia de Young otorga relevancia política a las diferencias culturales.
Finalmente, la violencia sistemática implica que ciertos grupos deben vivir con el temor de saber que pueden ser sujetos de ataques no provocados hacia su persona o su propiedad sin ninguna motivación racional. El contexto social hace posible esta violencia y la normaliza. Señala Young que las prácticas sistemáticas de violencia tienen en el fondo una motivación basada en el miedo a los otros, en las inseguridades no evidentes de los miembros del grupo oprimido. El aspecto anterior y éste a menudo están relacionados en la medida en que cualquier desafío a los significados culturales normalizados pueden generar una disonancia que produzca distintas formas de violencia irracional.
En conclusión, la concepción de Young de la opresión como un fenómeno unificado le permite confeccionar una categorización general, con independencia del grupo tratado —es decir, que en principio toda opresión focalizada en un grupo puede ser estudiada a partir de su teoría—. Es fundamental, sin embargo, considerar que para la autora la explicación causal de los fenómenos sociales es siempre particular e histórica, pues este tipo de análisis permite mostrar la particularidad de distintas formas de opresión experimentadas por un grupo.
Las posturas aquí expuestas dan cuenta de diversos aspectos que hoy en día son imprescindibles para la comprensión del poder. Por una parte, que es un fenómeno relacional en el sentido de que las personas y los grupos de interés con mayor influencia contienden en la arena política y muestran sus preferencias a través de decisiones, como señala Robert Dahl. Dicho elemento relacional también puede ser constatado a la luz de elementos estructurales, a partir de la identificación de los intereses que no son expresados en las decisiones políticas, así como en las posibilidades del conflicto latente, tal como reconoce Steven Lukes.
Por otra parte, la disparidad en las relaciones de poder puede explicarse a través de una serie de elementos contextuales, también de carácter estructural. Estos elementos permiten comprender que las prácticas institucionales, tanto como ciertas prácticas cotidianas, facilitan que ciertos grupos reafirmen sus posiciones respecto a otros, como resalta en las posturas de Mills y de Young.
Varias de las observaciones de los teóricos aquí revisados tienen un correlato con las circunstancias políticas contemporáneas. Las actuales democracias representativas tienen la particularidad de admitir cierto grado de pluralismo, pues en ellas coexisten diversos grupos de interés que movilizan sus recursos para incidir en la agenda política. Como ejemplo de ello, el fenómeno del lobbying político que con frecuencia ocurre en sede legislativa.
Así mismo, persisten en los sistemas políticos agrupaciones que podrían ser consideradas como élites económico-políticas, v. gr. la clase empresarial. Las decisiones de estos grupos pueden influir no sólo en las decisiones legislativas, sino también en las jurisdiccionales y hasta en las administrativas. Finalmente, es innegable que el poder es ejercido constantemente a través de las prácticas cotidianas. En muchas ocasiones esto da lugar a la organización de nuevos grupos que reclaman la posibilidad de disputar el poder con el propósito de ocupar nuevas posiciones y obtener así nuevos derechos y ventajas.
Dahl, Robert, Who governs? Democracy and Power in an American City, New Haven, Yale University Press, 1961.
Lukes, Steven, Power: A Radical View, 2a. ed., Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2005.
Mills, C. Wright, La élite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957.
Young, Iris Marion, “The five faces of oppression”, en Justice and the Politics of Difference, Princeton, Princeton University Press, 2011.
Hechos y Derechos, vol. 17, núm. 92, marzo-abril de 2026, es una publicación bimestral editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México, por medio del Instituto de Investigaciones Jurídicas, Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, C.P. 04510, Ciudad de México, Tel. (52) 55 56 22 74 74, https://blog-revistas.juridicas.unam.mx/hechos-y-derechos/. Editor responsable Imer Benjamín Flores Mendoza. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo núm. 04-2014-052217121400-203, otorgado por el Instituto Nacional del Derecho de Autor, ISSN (versión electrónica): 2448-4725. Responsable de la última actualización de este número: Coordinación de Revistas del Instituto de Investigaciones Jurídicas, Ricardo Hernández Montes de Oca, Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, C. P. 04510, Ciudad de México, fecha de la última modificación: marzo de 2026.
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